Disociada
Ayer por la tarde tomé cerveza en lata y a la noche cené unas porciones de pizza parada en un sucucho de Chacarita. Hoy estoy súper mal de la panza, me siento hinchada. Y sí.
La ventana de mi escritorio, en un segundo piso, da justo a un árbol que se puso frondoso en estos últimos meses. Me gusta sentirme oculta por el verde. En invierno, el árbol se queda desnudo y cuando levanto la vista veo, entre sus ramas peladas, la terraza de la vecina. Empecé a prestarle atención en las primeras semanas de la pandemia. La vecina colgando y descolgando ropa, baldeando la terraza, acomodando sillas de plástico. La recuerdo siempre sola, siempre cabizbaja, el pelo negro siempre recogido, la ropa siempre de entrecasa. Nunca la vi en una actitud de disfrute, tomando sol, fumando un cigarrillo, tomando algo. Pero durante estos meses de verano, gracias al árbol, no la veo en absoluto.
Hace unos meses encontré una caja con mis diarios de la infancia y adolescencia. Estaba sola en casa, era sábado a la noche y afuera llovía a cántaros. Me habían invitado a una fiesta y yo ya me había duchado y cambiado para ir, pero de pronto abrir esa caja y ponerme a leer mis diarios viejos me pareció un plan mucho mejor. Sin embargo, aunque por momentos me reí (además de preguntarme por qué había escrito páginas enteras con lapiceras de tinta naranja fosforescente) la lectura de mis diarios adolescentes terminó siendo una experiencia angustiante. Me quedé con la sensación de no haber sido feliz. Quizás algo de eso haya; aunque ahora, que soy historiadora, pienso que hay que tomar con pinzas esas fuentes, porque probablemente cualquier adolescente que lleva un diario se descarga escribiendo lo desgraciada que se siente.
Siempre me gustó ser alumna. Las escuelas, las clases, las tareas, en gran medida le dieron paz y estructura a una vida que, por afuera de eso, era bastante menos tranquila y ordenada. Cuando terminé la secundaria anotarme en una carrera fue un paso natural y, cuando por fin me recibí y dejé de ser alumna, no me fue tan bien. Pasé algunos años dando tumbos, di muchas clases, también trabajé de otras cosas. Por esos años, cuando terminé de hacerme adulta, empezó a costarme mucho escribir. No era falta de tiempo y tampoco la idea de que la escritura no se me daba bien. Era algo mucho más profundo: empecé a creer que no tenía nada para decir, que a nadie tenía por qué interesarle lo que escribiera yo, que quién era yo, en definitiva, para decir algo. Cuando volví a las aulas en carácter de alumna -primero Maestría, después Doctorado- fue un alivio tener consignas para seguir aprendiendo, seguir (sobre todo) leyendo y escribir un poco para un muy pequeño grupo de gente: un proyecto de investigación, un capítulo de un libro, otro, un abstract, otro, un artículo, otro, una tesis, otra. Extendí la situación de alumna todo lo que pude, fui una estudiante durante casi cuatro décadas. Es una forma (otra) de ser estudiante crónica. En Estados Unidos, al título de Doctorado le dicen “terminal degree”. Es una manera de decirte bueno, ya está, no estudies más.
Pasé cinco años psicoanalizándome con una señora que me atendía en su coqueto piso de Belgrano. El consultorio, que estaba en el centro de la vivienda, era una gran habitación llena de objetos decorativos, grandes y pequeños, traídos de vaya a saber dónde: pájaros de madera, huevos de piedra dispuestos sobre un plato de bronce, ceniceros de cerámica o de metal labrado, tapetes, tapices, muñequitos y pequeñas alfombras por todos lados. La pesadilla de cualquier empleada doméstica. Una gran mesa ratona de vidrio separaba a su sillón del mío, que estaba justo al lado de una especie de cama marinera con un delgado colchón que, supongo, se usaba como diván.
Me llevé algunas herramientas de esos años de terapia, aunque no siento que me haya ayudado con el problema más importante de mi vida. Y algunas veces me decía cosas que, francamente, me podría haber dicho una tía. El año que me casé, por ejemplo, le pareció lógico que no le dedicara tanto tiempo al trabajo y sí a la organización del casamiento. Cuando le decía que no estaba trabajando lo suficiente en mi tesis, me respondía alegremente: y bueno ¡estás por casarte! En otra ocasión, después de haberle manifestado varias veces que no podía decidir si quería o no quería tener hijos, acabó por decirme que la mayoría de las mujeres los tienen y que todas se las arreglan para criar y trabajar. Para rematar, a la semana de separarme, le conté que había conocido a un nuevo amigo con quien me entendía muy bien, con quien podía conversar durante horas. Me acuerdo que me miró contenta, casi sonrojada, y deslizó como si nada que ese podía ser mi nuevo amor. Me pareció tan ridículo que la dejé por whatsapp.
Pero no estaba para quedarme sin terapeuta justo en ese momento, así que pedí un par de recomendaciones y, a los pocos días, empecé una nueva terapia con mi psicoanalista actual. En una de nuestras primeras sesiones -si no recuerdo mal, fue en la primera- me sugirió que escribiera algo sobre mi cuerpo y, aunque hasta el momento no lo haya hecho, ahora siento que “la vio”, como dicen los jóvenes.
Tengo cáncer de mama triple negativo y eso es tan malo como suena. Ya tuve que cancelar el turno para el inicio del tratamiento en dos oportunidades porque mi obra social sospecha que yo ya sabía que tenía cáncer desde antes de la afiliación. Aunque ya les demostré con mi historia clínica y varios estudios que esto no fue así, ellos siguen sospechando. Entonces, además de ser una mujer joven portadora de un cáncer muy agresivo, sin acceso a su debido tratamiento, para ellos seré culpable hasta que se demuestre lo contrario. Cuando no te contestan las cartas documento (pero sí que saben tu dirección, pues te mandan puntualmente las facturas con sus debidos aumentos) no queda otra opción que iniciar el famoso amparo, donde le pagás a un abogado y termina siendo un juez quien decide si merecés o no un tratamiento que, después de hacerte mierda, se supone que te salvará la vida. Los juzgados tienen unos 25 días para decidir, como máximo, aunque justo ahora viene el tema de las fiestas y después la feria judicial que, aunque no se suspende para este tipo de situaciones, bueno, puede retrasar todo un poquitito más.
Es imposible atravesar esta situación. Es imposible esperar los días que hagan falta. Yo que me preocupaba por mis venas finitas en la quimioterapia, por engordar debido a los corticoides, por aprender a armarme turbantes con pañuelos grandes, por investigar qué cosas podría comer y cuáles no. Todo eso quedó en suspenso hasta nuevo aviso. Los pensamientos autocompasivos son constantes, pero no me puedo quebrar “porque eso es lo que quieren, que te canses”. Long story short, ahora tomo antidepresivos y bastante más clonazepam que antes. Por momentos me angustia pensar en las consecuencias de las benzodiazepinas en mi cerebro, que es lo único que tengo, pero así como estoy no puedo permitirme una angustia por el largo plazo. Ya soy capaz de ver el tumor cuando me paro desnuda frente al espejo. Es claro que mi cuerpo quiere liquidarse a sí mismo. ¿Por qué nadie está haciendo nada para evitarlo?
Me siento más disociada que nunca. Salir de mi casa para hacer lo que sea es un esfuerzo enorme y, una vez que estoy afuera, no comprendo nada de lo que pasa. Esta semana entré a un café al que voy siempre a leer o escribir y salí despavorida por la cantidad de familias con niños que ocupaban todo el espacio. Claro, terminaron las clases, pensé mucho más tarde. En el momento no pude hacer la conexión.
Ni hablar de todo lo relacionado con las fiestas y el cierre del año. El otro día, en Acoyte y Rivadavia, me entregaron un volante con un árbol de navidad y no lo entendí, directamente. Evité los pocos brindis a los que me invitaron sin dar ningún tipo de explicación. No tengo idea de si me juntaré con alguien a cenar el 24 o el 31 y, a decir verdad, me encantaría perderme alguna de esas fiestas porque me dieron la quimio el día anterior y me siento demasiado descompuesta para celebrar.
Pero no sé si va a pasar. Quizás me quede sola en casa porque estoy deprimida, porque me siento aislada, porque no tengo nada que festejar. La idea del año nuevo solía darme esperanza siempre, si fue un mal año el próximo será mejor. Pero ya sé cómo será una gran parte del año próximo, y no está bueno. Tal vez sea momento de soltar cualquier expectativa y quedarse quietita, con el tejido y las dos gatas, tomando un sifón de soda, dejando que el tiempo transcurra.
Hubo, sin embargo, en estos meses, algo que me conectó con otra cosa: di un seminario sobre historia cultural argentina de los siglos XIX y XX en la carrera de Historia de una prestigiosa universidad. Fue una experiencia desafiante y hermosa que me obligó a enfocar la atención en releer viejos autores, incorporar nuevos, buscar materiales interesantes y discutir con mis alumnos sobre un montón de cuestiones: las primeras mujeres trabajadoras militantes, la democratización de los consumos durante el peronismo, la relevancia de los jóvenes y los blue-jeans en los ’60, la mitología en torno a Eva Perón. Los únicos momentos en los que no tuve en mi mente nada relacionado con el cáncer y la obra social, fueron esas horas en el aula. Al terminar la última clase, no pude evitar decirles a estas chicas y chicos de 22 años, que están por graduarse como jóvenes historiadores, que vivir de la investigación histórica es prácticamente imposible en la Argentina de hoy y, si me apuran un poco, en el mundo de hoy. Que es relativamente fácil, siendo un joven entusiasta y lleno de vocación, caer en la trampa de que “a mí no me va a pasar”, de que “yo sí voy a poder” para luego ir viendo frustradas una por una las aplicaciones y los intentos de conseguir financiamiento. En las caritas de algunos noté cierta preocupación, pero otros sostuvieron que si el deseo existe encontrarán el modo de hacerlo. Supongo que algo de razón tienen. Pero sospecho también que, por suerte para ellos, no todos planean vivir de investigar.
Abrí este blog hace más de cuatro años, cuando vivía en Berlín. En aquel momento, mientras veía cómo mi tesis naufragaba por todos lados, se me había ocurrido ir contando algunos resultados de la investigación. Al final concentré mis esfuerzos en sacar adelante la tesis y no hice nada con el blog, que quedó olvidado hasta hace poco. En la ciencia, incluso en la ciencia histórica -si es que tal cosa existe- todos los resultados de una investigación se consideran preliminares. En las conclusiones de las tesis siempre hay que decir algo así como “la presente investigación deja diversas vías abiertas para futuras pesquisas”. En un proceso de cáncer también todo resultado es preliminar. En una determinada fecha, un estudio mostró una imagen de ciertas características. En otra determinada fecha, otro estudio descubrió la presencia de un carcinoma. En otra ocasión, otro estudio más constató que no había metástasis en esa fecha. Pero todo eso puede cambiar.


