La vida esperando
Nadie sabe qué decir.
Lo primero que me dijo mi hermana fue “Ay Tere, por dios”. No pudo evitarlo.
Otros dicen no lo puedo creer, estoy en shock con lo tuyo. Me acuerdo de Vanesa Strauch y Male Pichot diciendo “en shocks” y me río.
Una persona de mi familia me dio el pésame, directamente, como si (ya) me hubiera muerto: “Me enteré, no hay palabras, solamente quiero decirte que lo lamento muchísimo”.
Alguien más -no recuerdo quién- me dijo “qué año que te tocó”, como si llevara por dentro un racconto de los sucesos de mi vida y pudiera concluir que me pasaron suficientes cosas malas en suficientemente poco tiempo como para decirme eso. No es que no sea cierto, desde ya. Quién podría discutirlo.
Uno de mis mejores amigos me preguntó si mi publicación en Instagram buscando un gatito para adoptar la había hecho “antes o después de enterarme”. Otro de mis mejores amigos me preguntó si la carta documento que le tuve que mandar a Swiss Medical para que me autorizara unos estudios era física o digital. La gente es rara, todos lo sabemos, pero pasan los días y yo me sigo preguntando por qué ellos quisieron saber, de todo, justo eso.
Una chica con quien no hablaba hacía años me escribió y mostró mucha empatía con lo que estoy atravesando porque, me dijo, ella misma estuvo hace muy poco haciéndose un montón de estudios que al final dieron bien. Sé que es una buena persona y que me escribió con la mejor intención. Pero también sé, puedo jurarlo, que no es lo mismo estar nerviosa, angustiada, ansiosa y llena de miedos y que tus estudios den bien; que estar nerviosa, angustiada, ansiosa y llena de miedos y que tus estudios den mal.
El otro día me enteré que, además de quedar pelada, menopáusica, tener náuseas y fatiga extrema durante meses, debido al tratamiento voy a engordar. La inmunoterapia es mejor tolerada con corticoides, que además reducen los efectos secundarios sobre los órganos vitales -el corazón, los pulmones, el colon- pero produce retención de líquidos. Ese dato me liquidó, no lo esperaba. Ni siquiera podré ser la enferma raquítica que había imaginado.
Hace unas semanas fui a Rosario, donde mi marido presentaba su libro. Me siento cómoda en el rol de acompañante, quizás porque fui criada para acompañar, más que para hacer. Como estaba esperando los resultados de la biopsia, hasta último momento no sabía si viajar o quedarme en casa mirando fijo el celular hasta recibir los resultados. Al final decidí ir y pasamos dos días perfectos, soleados, sin calor, con una ligera brisa de río a la tarde. El hotel era antiguo, con habitaciones muy grandes, el desayunador era amplio y tenía unas sillas bien anchas, con apoyabrazos. Comimos un ceviche delicioso en un lugar peruano que nos recomendaron y dorado a la parrilla en Bajada España, donde cenaban algunos otros escritores. El domingo, después de desayunar, fuimos caminando hasta el monumento a la Bandera, donde nos sacamos un montón de fotos. Él me sacó a mí, yo le saqué a él, nos sacamos también un par de selfies.
El domingo a la tarde recorrimos la Feria del libro. Generalmente los eventos multitudinarios me marean y los evito si puedo, pero los libros me tientan demasiado. Compré uno solo, La vida por delante, de Magalí Etchebarne. Quería leerlo hacía un montón. Son cuatro cuentos. El primero lo devoré y administré los restantes como pude a lo largo de una semana. Lo que más me gustó es que las protagonistas son mujeres de 40 años que se sienten algo perdidas, algo inadecuadas, como si no supieran muy bien qué hacer. Ya no tienen toda la vida por delante, pero un poco de vida sí, aún. El libro ganó el Premio Ribera del Duero y ya lleva once ediciones. Hace dos veranos, en Berlín, una escritora me dijo que a nadie le interesan los cuentos, que si algún día quiero publicar ficción tendría que escribir una novela de género.
Miré los ocho capítulos de Dying for Sex en un fin de semana. Sí, justo ahora. No sé por qué decidí exponerme a la historia de Molly Kochan, una chica neoyorkina con cáncer de mama metastásico en estado terminal, pero no me arrepiento porque la historia es hermosa, aunque también es injusta y trágica.
En 2005, con 32 años, Molly fue a un ginecólogo porque había palpado un pequeño bulto en una de sus tetas. En aquel momento, el médico le dijo que hay mil razones por las cuales las mamas tienen bultos y le aseguró que ella era demasiado joven para tener cáncer. Recién en 2011, ante el crecimiento del bulto, volvió a consultar. Efectivamente era cáncer y se había extendido a los ganglios linfáticos. La quimioterapia y la mastectomía no fueron suficientes: en 2015 tenía metástasis en los huesos y el cerebro. La serie arranca ahí, con la noticia de la muerte inminente. Molly se desespera pero no porque quiera aferrarse a la vida o “ganarle la batalla al cáncer”, sino porque su vida, ni muy breve ni demasiado larga, no le gusta. “Me voy a morir y no hice nada, no sé quién soy”, le confiesa a su mejor amiga, poco antes de pedirle permiso para morir a su lado.
En el primer capítulo, Molly dice que una gran parte de tener cáncer consiste en esperar. Horas y horas esperando médicos, técnicos, autorizaciones, resultados. Yo ya lo estoy comprobando.
En estas esperas estoy tejiendo mucho. Hace unos años, en Berlín, aprendí a tejer con agujas circulares y descubrí que es muchísimo más fácil que hacerlo con las rectas. Sobre todo porque no hay que coser. Estoy tejiendo un suéter simple, a rayas, pero un poco complicado en la forma de construir el canesú. Pero justamente la parte complicada es la parte divertida, después del canesú ya es simplemente tejer sin pensar. Después de terminar el cuerpo, se recogen los puntos de cada manga y se levantan los puntos que van en la axila. En los suéters que había tejido antes, esta parte se me complicaba, se me formaban unos agujeros raros y no sabía cómo evitarlo. En una oportunidad, el agujero era tan grande que lo terminé cosiendo después. Miré tutoriales pero no me salía.
El otro día estaba tejiendo en una sala de espera. Había levantado los puntos en casa y estaba lista para comenzar la manga. No me esforcé porque me salga prolijo, porque no se formen agujeros, estaba nerviosa, simplemente tejí. Y recién al llegar a casa me di cuenta que, esta vez, como por arte de magia, esa parte me salió bien.



